La Revolución Conservadora

Abría Víctor Núñez el debate con este artículo, preguntándose con asombro cómo es posible que cierta parte del conservadurismo patrio vea no sólo con complacencia, sino con cierta simpatía, a la “izquierda definida” que hace alarde de hoces y martillos con intención de utilizarlos para segar vidas y construir una sociedad y un hombre nuevo si la Revolución se tercia.

Me parece una discusión que debemos tener y por ello he andado presto a sumarme en estas líneas, pues no pocas veces se ha puesto en práctica en la vida política aquel proverbio que reza «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» con fatídicas consecuencias.

No obstante, pese a que es la puesta en práctica de esta máxima sobre lo que se alerta en el artículo que me precede, considero importante remarcar que quizá no es esta la lógica que conduce al conservadurismo a compadrear con la izquierda marxista clásica, sino aquel otro refrán que nos advierte: «más vale malo conocido que bueno por conocer». (¿Hay algo más puramente conservador que esto?)

Siguiendo la propia terminología empleada por la izquierda ortodoxa, parece razonable que un conservador prefiera enfrentarse a una “izquierda definida” a la que es capaz de identificar y analizar que a una “izquierda indefinida” que, gracias precisamente a su indefinición, ha sido capaz de permear la sociedad hasta el punto de haberse mimetizado y confundido con ella. ¿Alguien imagina un proceso de enajenación colectiva como la asunción de la PSOE state of mind si el PSOE se hubiese mantenido tan “definido” como en 1934?

Mientras que los horrores del marxismo-leninismo son fácilmente señalables por su rotunda claridad, el pensamiento conservador encuentra muchas dificultades para exponer ante la opinión pública la malicia del izquierdismo woke que en vez de hablar de revolución y violencia camufla sus intenciones con odas a la tolerancia y el buenismo. 

Llegados a este punto debemos preguntarnos por qué la derecha tiene ese problema para desarticular el nuevo progresismo y por qué, cuando lo hace, se apoya en los análisis de la “izquierda definida”. Para encontrar la respuesta a esta cuestión debemos hacer una composición de lugar que debe tener en cuenta dos ejes que permiten diferenciar las tres ideologías en liza.

El primer eje que debemos atender si queremos entender la situación es el que separa dos maneras irreconciliables de ver el tablero sobre el que se juega, dos cosmovisiones, dos dimensiones de pensamiento; el eje de los valores políticos. La izquierda interseccional se mueve en una dimensión posmaterialista (dimensión, por cierto, en la que se mueve la sociedad actual, cuestión que no es baladí) que la sitúa en otro plano de la realidad en el que no están ni el conservadurismo ni la izquierda ortodoxa, que aún juegan con las reglas de la sociedad materialista previa al 68 y, por tanto, no son capaces de entender las dinámicas de un mundo que les ha dejado atrás.

Si basándonos en este eje no consideramos posible el ataque interdimensional desde los valores materialistas a la izquierda posmaterialista ¿por qué decimos que la “izquierda definida” sí es capaz de hacerle la crítica y el conservadurismo no? Por el otro eje que debemos tener en cuenta; el eje izquierda-derecha. 

La “izquierda definida” es capaz de hacer mejor crítica a la “izquierda indefinida” en tanto en cuanto ambas comparten trinchera a la izquierda del eje, pues la izquierda indefinida no es sino la evolución natural de una izquierda definida que fue vencida. 

El conservadurismo, sin embargo, no comparte nada con la izquierda woke, se sitúa en otra dimensión que le impide ser capaz de entenderla y, por ende, articular una crítica propia eficaz. Esta, y no otra, es la razón por la que el conservadurismo clásico ve un aliado en la izquierda definida, pues sólo a través de ella es capaz de analizar el izquierdismo actual.

Ante esto, coincido plenamente con el artículo anterior, el conservadurismo debe hallar la manera de desembarazarse de la muleta marxista que hoy necesita para construir su crítica al sistema, pues sirviéndonos de ella ponemos tronos a las causas para llevar al cadalso a las consecuencias. Y, como apuntaba Víctor, ese camino ya se ha abierto. 

Necesitamos construir un conservadurismo actual, un nuevo conservadurismo que ascienda al plano de la sociedad posmaterialista (sin asumir sus valores) a enfrentarse de tú a tú con el izquierdismo woke, sin necesidad de pasar por correas de transmisión del rival. 

Se nos abren dos posibilidades: negar la realidad social posmaterialista y seguir en fuera de juego mientras intentamos vanamente que la sociedad vuelva a nosotros; o bien, evolucionar con la sociedad para dirigirla hacia el futuro al que nosotros queremos que vaya. No podemos hacer que la sociedad vuelva hacia el pasado, pero podemos hacer que la sociedad del futuro se parezca a la de tiempos pasados.

Creemos nuestro discurso. O, sin más, creemos.

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